La mañana se filtraba suavemente entre las cortinas, pintando rayas doradas sobre las sábanas blancas y arrugadas de mi cama. Acababa de despertar cuando escuché el leve crujido de la puerta de entrada a la habitación. No era mi hermana mayor, ni ninguno de mis padres. Era ella: mi hermanastra, la chica que acabábamos de aceptar como parte de la familia hacía apenas unos meses, pero cuya presencia siempre había tenido un efecto extraño en mí.
Se detuvo en el umbral, sosteniendo una manta ligera contra su pecho con una mezcla de timidez y deseo. Lleva puesta esa falda negra que me gustaba tanto, la que tenía flores grandes de colores vibrantes, blancas y azules, que contrastaban perfectamente con su piel bronceada y morena. Sus ojos oscuros me miraron fijamente desde más allá del espacio entre las camas, evaluándome como si estuviera decidiendo si saltar al agua fría.
—¿Estás despierto? —preguntó, con esa voz ronca que tenía por las mañanas. Su acento latino, una mezcla dulce de español y palabras en inglés, hizo que mi corazón se acelerara.
Nodí lentamente, apartando la sábana de un lado para hacer espacio. Ella sonrió, una sonrisa traviesa que le llegó hasta los ojos. Sin decir una palabra más, cruzó la habitación y se deslizó bajo las sábanas junto a mí. El calor de su cuerpo era inmediato al contacto con mi brazo desnudo. Podía oler su perfume floral mezclado con el olor natural y embriagador de su piel.
Me volví hacia ella, apoyándome en un codo. Ella estaba boca arriba, mirándome intensamente. Su falda se había subido ligeramente mientras entraba en la cama, revelando muslos firmes y tersos. Se pasó una mano por el vientre plano, sus dedos acariciando la tela de la prenda inferior cerca del ombligo.
—Quería dormir aquí —dijo ella, extendiendo un brazo para rozar mi pecho—. Me da miedo soñar sola a veces, y tú siempre hueles tan bien.
Mi polla, que había comenzado a despertar con el roce de su muslo contra mi pierna, se tensó bajo mis calzoncillos negros. Ella notó el bulto creciente y sus ojos brillaron de emoción. Sin previo aviso, se levantó sobre las manos y las rodillas, posicionándose justo encima de mi cintura.
—¿Es para mí? —preguntó, señalando con un dedo la protuberancia en mi ropa interior.
—Sí —respondí, sin poder evitar el tono ronco—. Es todo tuyo.
Ella soltó una risita suave y se inclinó hacia adelante. Con movimientos lentos y seductores, bajó la cremallera de mis pantalones cortos y tiró de la caja negra. Mi polla saltó hacia afuera, dura y palpitante. Ella la miró con admiración, sus ojos recorriendo cada centímetro de ese miembro grueso y venoso.
—Es más grande de lo que pensaba —susurró—. Quiero probarla.
Bajó la cabeza y colocó su boca sobre el gland. El contacto húmedo y cálido de sus labios fue como electricidad pura. Grité ahogado, arqueando la espalda mientras ella comenzaba a chuparme con una técnica increíblemente natural. Sus mejillas se hundían alrededor de mi pene, creando una succión potente que me hizo ver estrellas. Ella era experta; sabía exactamente cómo mover la boca, cómo usar su lengua para golpear mi punto G interno.
Mientras ella me devoraba, levanté la mano y pasé mis dedos por su cabello oscuro, sintiendo como su falda floral subía aún más con sus movimientos. Vi su ombligo, esa pequeña depresión en su abdomen, mientras ella se balanceaba rítmicamente arriba y abajo. Era una vista hipnótica: la chica de la falda de flores montando mi cara, perdiéndose en el placer oral.
De repente, se detuvo y me miró a los ojos, con los labios brillantes y húmedos. —Tú también quieres tocarme, ¿verdad? —dijo, levantándose un poco para quitarse la parte superior de su ropa interior bajo la falda.
Me lanzó hacia atrás sobre la almohada y se incorporó en una posición de joroba invertida (reverse cowgirl), pero mirándome. Sus nalgas perfectas, redondas y firmes, se alzaron hacia el techo mientras ella se balanceaba sobre mi cintura. Con una mano, se abrió los labios de sus vulva, revelando esa «wet pussy» (pussy húmeda) que prometía ser un infierno de placer.
Me guio hacia abajo, alineando la cabeza de mi polla con su entrada. Hubo una pausa tensa mientras el calor de su interior me envolvía. Ella gimió alto, dejando caer su peso lentamente sobre mi miembro. Sentí cómo mis paredes vaginales se contraían alrededor de mí, apretándome con fuerza.
—Ay, dios… es tan grande —se quejó ella, incorporándose completamente y luego hundiendo sus caderas de nuevo con un golpe seco.
Comenzamos a movernos al mismo ritmo. Ella subía y bajaba, golpeando mi prostata con cada embestida. El sonido húmedo de su sexo chocando contra el mío llenaba la habitación. Sus senos rebotaban libremente, sus pezones erectos rozando mi pecho mientras me sujetaba los hombros para mantenerse estable.
Me incliné hacia adelante y le mordí suavemente el lóbulo de la oreja. —Dime qué sientes, hermanastra
—Siento tu polla rompiéndome —jadeó ella—. Quiero que me llenes. Quiere que te corras dentro de mí.
Aumenté la velocidad, golpeando el fondo de su útero con fuerza. Ella gritó mi nombre, sus uñas clavándose en mis bíceps. La imagen de su falda floral levantada, revelando su culo perfecto mientras me cabalgaba sin piedad, era el sueño más erótico que había tenido jamás.
Ella se detuvo un momento, se inclinó hacia atrás y luego giró sobre sus rodillas para ponerse boca abajo, apoyándose en mis muslos. Ahora estaba a cuatro patas sobre mí, mi polla entrando desde atrás (doggystyle). Esta posición me permitía penetrarla más profundamente, alcanzando lugares que antes ni sabía que existían.
—Más duro —ordenó ella, arqueando la espalda para recibir mis embestidas salvajes. Golpeaba sus caderas con fuerza, el sonido de mi pubis chocando contra su trasero resonaba rítmicamente.
Subí las manos y agarré sus nalgas, levantándolas un poco más para cambiar el ángulo. Ella gritó de placer cuando sentí cómo mi gland rozaba su punto G con cada embestida final. La tensión se acumulaba en mis bolas, una presión ardiente que exigía liberación.
—Me voy a correr —dije, respirando agitado.
—¡Sí! Córrete en mi interior —pidió ella, acelerando sus caderas para encontrarse con cada golpe mío.
Con tres embestidas finales y profundas, vacié mi semilla dentro de ella. Sentí cómo mis músculos se contraían mientras el semen caliente inundaba su útero. Ella también llegó al clímax un segundo después, sus paredes vaginales palpitando alrededor de mi polla mientras gritaba mi nombre en un grito prolongado.
Nos quedamos así un momento, jadeando, sudorosos y entrelazados en las sábanas. Ella se dejó caer sobre mi pecho, besándome con pasión. La hermanastra de la falda floral se había convertido en mi amante más peligrosa, y estaba seguro de que esta era solo la primera de muchas noches calientes.