La Esposa Brasileña se Humilla follando con el Amigo de Su Marido

La Esposa de Negro: Lujuria en el Cuarto

El aire en la habitación estaba cargado de una tensión eléctrica, esa especie de electricidad estática que precede a una tormenta, pero esta vez era puramente carnal. Ella sabía que él llegaría pronto. El novio del esposo. Ese compañero de trabajo con el que había estado flirteando durante meses en las pausas del café, hasta que la mirada se cruzó y supo que algo iba a romperse.

Llevaba puesto su atuendo favorito: un conjunto de lencería negra de encaje fino. El sujetador era delicado, con tirantes finos que apenas sostenían sus pechos llenos, y la parte inferior dejaba poco a la imaginación sobre la curvatura de sus caderas. Su piel bronceada, típica de su herencia brasileña, brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Era una mujer hecha y derecha, una MILF con las curvas justas para hipnotizar a cualquier hombre, pero especialmente para ese que ahora se asomaría por el marco de la puerta.

El sonido de la llave girando en la cerradura fue como una campana de salida. Ella no se movió. Se quedó quieta frente al espejo de cuerpo entero, ajustándose un pelo oscuro y ondulado que caía sobre sus hombros. Cuando el hombre entró, la puerta se cerró con un clic seco.

Él era alto, fornido. No necesitaba decir su nombre; la forma en que sus ojos recorrieron el cuerpo de ella desde los pies hasta la cabeza le dijo todo lo necesario. Era una mirada hambrienta, poseedora. Él se acercó despacio, como un depredador asegurando su presa.

—Llevas eso desde esta mañana —murmuró él con una voz ronca.

Ella asintió levemente, girándose sobre sus talones para enfrentar al nuevo amante de su marido. No había timidez en su mirada, solo una mezcla de culpa y deseo puro.
—Esperaba que vinieras antes —confesó ella.

Él extendió la mano y sus dedos gruesos se cerraron sobre el tirante negro del sujetador. Con un movimiento suave pero firme, bajó la tela encajada, exponiendo su hombro y parte de su pecho. Ella soltó un suspiro largo, sintiendo el aire frío contra su piel caliente mientras él pasaba los nudillos por su clavícula.

—Tu marido sabe que llevo esto puesto —dijo ella, mordiéndose el labio inferior.

—No le importa. Le gusta saber que te preparaste para mí.

La empujó suavemente hacia la cama. La cama matrimonial, donde su esposo dormía o quizás miraba desde el sofá del salón, sabiendo lo que estaba pasando. Esa idea de ser observada, de ser usada frente a los ojos de su marido, aceleró su pulso. Ella se acostó boca abajo, hundiendo su rostro en las sábanas frescas.

Él no tardó. Se situó detrás de ella, sus manos grandes recorriendo la espalda suave de ella. En esa zona baja de la espalda, cerca de los riñones, podía ver una pequeña marca, un tatuaje azul que ella había hecho el verano pasado, una prueba de su libertad.

—Qué piel tan suave —masculló él. Sus manos bajaron, deslizándose por las curvas de sus nalgas. Eran firmes, redondas, perfectas para ser agarradas. Él cerró la mano alrededor de una de las nalgas, apretando suavemente la carne blanda que cedía bajo su palma.

Ella arqueó la espalda, elevando el trasero hacia él. Era un gesto instintivo de sumisión. Él sonrió y le dio una bofetada seca, rítmica. Plaf. Plaf.

El sonido resonó en la habitación, fuerte y húmedo. Ella gemió contra el colchón.
—Más duro —pidió ella.

Él obedeció. Sus manos la recorrían con posesión, levantando sus nalgas para exponer mejor su centro. La hendidura entre sus muslos estaba húmeda, mostrando que ya estaba lista para él. Con una mano todavía agarrando firmemente una mejilla glútea para inmovilizarla, usó la otra mano para frotar su clítoris a través de la ropa interior baja.

—Mira hacia atrás —ordenó él.

Ella alzó la cabeza, su cabello negro desordenado cayendo sobre sus ojos. Miró hacia el borde de la cama. Allí estaba él, su marido, sentado en una silla que había traído del escritorio, con los brazos cruzados y una copa de vino en la mano. La miraba fijamente.

—Mírame a mí —dijo el amante levantando la voz, haciendo que ella volviera la vista hacia él. Él se colocó entre sus piernas, separándolas más. El calor emanando de su cuerpo era abrumador.

Sin previo anuncio, él se introdujo en ella con una embestida decidida. Ella gritó, un grito ahogado pero intenso, mezclando dolor y placer. Era grande, llenándola por completo. Él comenzó a moverse con un ritmo constante, golpeando sus nalgas cada vez que empujaba dentro de ella.

El sonido de la piel chocando contra piel se volvió constante en la habitación. Plaf-plaf-plaf. Cada vez que él salía, levantaba una marca roja en su piel bronceada; cada vez que entraba, lo hacía con fuerza, tocando puntos profundos dentro de ella.

—Tócale el culo —le dijo el amante a su marido—. Tienes que ver cómo se corre.

Ella escuchó los pasos acercarse. Las manos de su esposo bajaron a sus nalgas, apretando la carne que ya estaba roja e hinchada por los golpes del amante. Era una sensación extraña, tener a dos hombres tocándola al mismo tiempo: uno penetrándola, el otro acariciándola.

—Sí… sí… —suplicaba ella, perdiendo la noción de dónde terminaba su cuerpo y comenzaba el deseo.

El amante aceleró el ritmo. Era un sexo salvaje, sin lujos, puramente instintivo. Él agarró las caderas de ella con fuerza, dejando huellas azules en su piel mientras la embestía con brutalidad. Ella se balanceaba hacia atrás, encontrando cada empuje, buscando más fricción.

—Voy a correrme —jadeó ella.

No esperó a que él le pidiera permiso. El orgasmo la golpeó como una ola, fuerte y súbita. Sus músculos internos se contrajeron alrededor del miembro de él, provocando que él soltara un gruñido gutural. Él no se detuvo; siguió embistiendo mientras ella temblaba, vaciando su alma en el colchón.

Finalmente, con una última embestida profunda, él vació su carga dentro de ella. Se quedó allí, enterrado hasta la raigaña, respirando pesadamente sobre la espalda sudorosa de ella.

Ella se dejó caer de bruces, Exhausta pero feliz. Podía escuchar la risa baja de los dos hombres en la habitación. Sabía que esto era solo el comienzo de su temporada de infidelidades con este compañero travieso, y que su marido amaba ver cómo su esposa se dejaba dominar por otro.

Se giró lentamente, mirando al amante con ojos brillantes.
—Gracias —susurró ella.

Él le guiñó un ojo, besándola en la frente húmeda de sudor antes de zafarse y ponerse los pantalones. El juego había terminado por ahora, pero el olor a sexo permanecía en el aire, impregnado en las sábanas y en su piel.

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