La luz tenue de la habitación se filtraba suavemente entre las cortinas, iluminando los curvas suaves y el cabello largo y oscuro que caía como una cascada sobre sus hombros. Llevaba puesta esa camiseta roja ajustada que tanto le gustaba a él, una prenda que dejaba muy poco a la imaginación cuando ella se inclinaba hacia adelante. Era una mujer de cuerpo generoso, con esas caderas anchas y un trasero redondo y firme que parecía invitar al tacto, típica de aquellas latinas apasionadas que saben exactly lo que quieren.

Estaba apoyada sobre el borde de la cama, respirando con dificultad, esperando. El sonido de los pasos en el suelo de madera le llegó antes que él. No necesitó girarse para saber que era él; la presencia masculina llenaba la habitación, cargada de una testosterona que hacía vibrar el aire. Él se acercó despacio, con esa mirada depredadora pero cariñosa que solo los esposos tienen cuando han decidido tomarse su tiempo.
—Te ves deliciosa hoy —murmuró él, rozando la espalda desnuda de ella con las yemas de sus dedos. Ella sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral, una onda eléctrica que le erizó la piel—. Esa ropa roja te queda perfecta. Como fresas.
Ella soltó una risa baja, gutural, y se inclinó más, arqueando la espalda para exponer mejor su figura. Él no esperó ni un segundo más. Sus manos grandes y fuertes se posaron sobre sus caderas, los pulgares hundándose en las carnes suaves de su cintura. La apretó con fuerza, marcando su piel, asegurándose de que ella sintiera la posesión completa. Con una mano libre, él subió por el costado del colchón y agarró su cabello oscuro, tirando ligeramente hacia atrás para descubrir completamente su cuello y boca.
—¿Lista? —preguntó él contra su oreja, besando su lóbulo con picardía.

Ella asintió, mordiendo su labio inferior. Él se posicionó entre sus piernas, alineándose con ella. Sin previo aviso, empujó. Entró en ella con una determinación brutal, llenándola por completo hasta la raiz. Ella abrió la boca en un grito ahogado, mezclando placer y sorpresa. El pene de él era grueso, largo, y se sentía increíblemente dentro de su cuerpo húmedo.
—Oh, Dios… —susurró ella, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían instintivamente alrededor de ese invasor tan bien dotado.
Él comenzó a moverse. Al principio lento, sacando casi por completo y volviendo a entrar con fuerza, golpeando su punto G con precisión milimétrica. El sonido de la piel chocando contra piel resonaba en la habitación húmeda. *Plaf, plaf, plaf*. Un ritmo hipnótico que pronto se aceleró.

Él soltó el cabello de ella y bajó sus manos hacia su trasero. Sus palmas grandes cubrían por completo cada mejilla de sus nalgas, apretándolas con fuerza mientras las embestía. Era como si quisiera separarlas para entrar más profundo. Ella se quejaba alto, sus caderas moviéndose hacia atrás para encontrarse con cada golpe de él.
—Mírame —ordenó él.
Ella levantó la vista y vio el teléfono apoyado en la mesita de noche, grabándolos. Veía cómo su cuerpo se estremecía bajo las manos de él, cómo su boca abierta dejaba escapar gemidos sucios mientras él la frotaba por detrás. Verse a sí misma así, doblada sobre sí misma, ofreciéndole el culo para ser usado, le dio una descarga de adrenalina pura.
—Tienes unas nalgas tan sabrosas —dijo él, dándole un azote seco pero sonoro que hizo retumbar su carne—. Quiero llenarte. Quiero ver cuánta mierda puedes aguantar.

Aumentó la velocidad. Ahora era un torbellino de sudor y placer. Él se había inclinado sobre ella, pegando su pecho contra su espalda, suspirando en su cuello mientras las caderas de ambos chocaban rítmicamente. Ella estaba perdiendo el control. Sus uñas se clavaron en la sábana blanca. La sensación de ser penetrada por detrás era distinta; era más profunda, más salvaje. Sentía cómo cada embestida le sacudía los órganos internos.
—Más rápido… ¡más rápido, amor! —gimió ella, su voz rompiéndose en pedazos.
Él obedece inmediatamente, transformando el movimiento suave en un baile frenético. Las manos de ella se aferraron a los hombros de él para mantenerse erguida mientras él la golpeaba sin piedad. El sonido húmedo de su sexo uniéndose era constante, acompasado con sus gemidos.
—Estoy casi ahí… —jadeó ella, sintiendo esa bola de fuego formándose en su vientre, ese nudo apretado que solo se desataría cuando él la llenara de nuevo.
Él lo notó. Aceleró aún más, buscando el ritmo perfecto para arrancarle el clímax. Sus caderas eran un pistón imparable. De repente, ella arqueó la espalda violentamente, gritando su nombre mientras las olas de placer la barrían. Se contrajo alrededor de él, apretándolo con fuerza infinita.
—¡Ahora! —gritó ella.

Él respondió con una última embestida brutal, clavándose hasta el fondo y deteniéndose allí. Ella pudo sentir cómo su miembro palpitaba, cómo la eyaculación caliente inundaba su interior. Él vació todo dentro de ella, llenándola hasta arriba, marcando su interior para siempre. Se quedaron así un momento, respirando agitados, sudorosos, unidos por lo más profundo.
—Qué buena puta eres —dijo él, dándole un beso húmedo en el cuello mientras salía despacio de ella—. Te has corrido como una verdadera esposa.